Si un servicio es gratuito, el producto eres tú

Quien eres, como eres, de qué hablas y qué te interesa. Cuando navegas, dejas un rastro de datos que permite saber muchos detalles de tu vida. Y algunas empresas usan esta información para fines que tú no has autorizado, al menos de forma conciente. Incluso hay quienes cruzan estas informaciones con datos bancarios, fiscales o médicos, y esto puede acabar influyendo, por ejemplo, en si se nos da un trabajo.
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En la comunicación digital la mayoría de servicios cuentan con una versión básica (no premium) que es gratuita. Más allá de las estrategias de marketing que nos hacen querer cada vez más y con más prestaciones, aunque sea pagando; ¿qué más se esconde tras este dispendio de funcionalidades a coste cero? ¿Cómo se financian las empresas que facilitan estos servicios? En general, todas las compañías que nos ofrecen sus productos están intere­sadas en invadir nuestra privacidad, ya que el producto con el que pueden obtener beneficios, normalmente en forma de publicidad, son nuestros datos (ya sean personales, de ubicación física o nuestro comportamiento de navegación). He aquí el quid de la cuestión: resulta que el producto por el que ‘no pagamos’ somos nosotros.

 

Aceptar las “cookies”?

Muchísimas webs, casi todas, utilizan las famosas galletas (cookies) para guardar información sobre nuestra navegación. Las galletas son una serie de microprogramas que se instalan en nuestro dispositivo y envían al propietario del lugar web información sobre nuestra IP o MAC (la «matrícula» de nuestro dispositivo), el tiempo que utilizamos el lugar web y cómo lo utilizamos, y a menudo también sobre los otros lugares web que consultamos mientras tenemos dicha web abierta. Además, el diálogo que se abre cuando una web te avisa que está a punto de instalar unas galletas no ofrece demasiadas opciones: “Si aceptas la instalación de las cookies, pulsa Aceptar o Continuar. Puedes leer más información”. O bien: “Si continúas navegando entendemos que aceptas las condiciones.” ¿Dónde está el ‘no’, en este “diálogo”? En la Guía sobre el uso de las cookies de la Agencia Española de Protección de Datos se pueden consultar detalles acerca de nuestros derechos al usarlas.

David Megías, director del Internet Interdisciplinary Institute (IN3) de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), destaca que las cookies no son necesariamente algo malo. Fueron ideadas para poder guardar información entre sesiones diferentes en el acceso a una misma web. Esto permite que cuando volvemos a navegar por la misma página no tengamos que volver a introducir toda la información (por ejemplo, rellenar un formulario), ya que esta información se almacena en las galletas de nuestro dispositivo. Esto no está mal, ¿verdad? El problema llega cuando las galletas se utilizan con otras finalidades, como determinar qué tipo de producto nos gustaría comprar en base a nuestras búsquedas.

 

El precio de nuestros datos

Megías también insiste en que se deben romper ciertos mitos como que ‘Google vende nuestros datos’, ya que en realidad Google no puede comerciar directamente con ellos (por ejemplo con el historial de navegación) sin nuestro consentimiento (el cuál escogemos dar o no dar cuando Google nos lo pregunta y especifica en su política de privacidad). Evidentemente, las empresas interesadas en tener los perfiles de los usuarios son las que se dedican a las ventas directas o bien a la publicidad. Poder enviar publicidad personalizada es el sueño de cualquier vendedor o publicista. Y de hecho, los mayores beneficios de Google provienen de los servicios de publicidad. Por este motivo lo que podemos hacer cuando navegamos por Internet es no dar nuestros datos sin consultar el objetivo final de esta recogida de información ni valorar si tiene sentido hacerlo; y leer las políticas de privacidad de los entornos que más visitamos.

Pero, ¿qué más podemos hacer para recuperar nuestra privacidad en la red, más allá de navegar de manera más consciente? ¿Qué opciones tenemos? Por un lado aún deberemos renunciar, de momento, a la comodidad adquirida escogiendo aplicativos, programas o servicios que se encuentran fuera del mainstream (lo que tiene la mayoría de gente). Pero, por otro lado, también hay opciones de código abierto que ya son de uso mayoritario como WordPress, Open Office o Ubuntu.

Por lo tanto, no siempre se tiene que renunciar a comodidades, sino, en todo caso, buscar estas comodidades en otros entornos menos invasivos y más procomunes, apostando y participando de un cambio cultural y político para crear un marco legal que apoye enfoques de carácter colectivo y de base social. En este artículo podéis encontrar una recopilación de algunos de estos entornos: aplicativos, software, redes sociales, navegadores, etc., que ofrecen buenas prestaciones pero bajo el paraguas del bien común y la no vulneración de la privacidad.

La investigadora Mayo Fuster insiste en una idea clave sobre nuestra libertad en Internet a través de una comparación que invita a pensar: un preso está muy cómodo en su celda ya que le llevan la comida, lo mantienen, no tiene que hacer ni pensar en nada más; sin embargo, ¡no es libre!

Lo que hasta ahora hemos entendido como una pérdida de privacidad sólo representa la punta del iceberg. La verdadera mercantilización de los datos personales aún no ha llegado a la interficie concreta entre el usuario y las empresas que recopilan datos. Quienes ganan dinero con nuestra cesión, no siempre consciente, de datos personales son aquellos que se colocan entre las primeras posiciones de la carrera para almacenar datos a la espera que la promesa de la monetarización se realice. De momento, esta promesa tan sólo ha llenado los bolsillos de los fundadores y accionistas de empresas con un modelo de negocio centrado en la compra y venta de perfiles de datos y ha creado un submercado de ‘corredores de datos‘ (data brokers), compañías dedicadas al cruce de diferentes bases de datos de actividad online y offline con el objetivo de aumentar el precio de venta de los perfiles generados de esta manera.

Este ‘mercado de los datos’ no se limita a cruzar los datos de lo que compramos, con quién interactuamos y qué nos gusta. El comercio de datos incluye también, y cada vez más, ex-pedientes médicos, datos fiscales y de renta o datos bancarios, es decir, el tipo de información que puede determinar si se nos da un crédito, si se nos ofrece un seguro médico más o menos caro, o si conseguimos un lugar de trabajo. De repente, el precio pagado con nuestros datos resulta desproporcionado.

 

Cuando la calle y nuestros objetos nos vigilan

El ámbito de obtención de datos no se limita al uso de Internet con aparatos concretos, sino que llega a un espacio tan público como la calle o un espacio tan privado e ínti­mo como nuestro hogar. Centros comerciales o tiendas que nos observan (con sensores de recuento de personas, tarjetas de fidelización, wifi gratuito a cambio de acceder a los perfiles de Facebook o Twitter, etc.), censos alimentados con los datos de nuestros dispositivos móviles (el Instituto Nacional de Estadística ha anunciado que las operadoras seguirán el rastro para alimentar el censo de 2021), electrodomésticos inteligentes (como la Samsung smart TV, que incorpora cámara y envía vídeos de escenas cotidianas para analizar hábitos de consumo e incluso el uso del espacio privado), juguetes espías (como la reciente Hello Barbie, que graba y escucha lo que dicen los niños y niñas mientras juegan y lo puede llegar a enviar por la red a Mattel o posibles hackers), etc; son algunos de los ejemplos que nos muestran cómo nuestra privacidad no siempre pasa de manera consciente y consentida por nuestras manos. Concretamente, el caso de la Samsung smart TV y la Hello Barbie son ejemplos del Internet de las cosas, que puede multiplicar las opciones de los ya vulneradores de la privacidad.

Conectar hasta 50.000 millones de objetos a la red en el 2020 (según datos de Gartner) abre todo un mundo de posibilidades a la recopilación de datos personales. Por otro lado, y tal como explica Jeremy Rifkinen su libro La sociedad del coste marginal cero: el Internet de las cosas, los bienes comunes, y el eclipse del capitalismo, las cosas interconectadas también nos permitirá supervisar el consumo de electricidad, optimizar la eficiencia energética y compartir la electricidad verde restante, entre otros aspectos. Es decir, conectar objetos nos puede empoderar y acercar a una autogestión distribuida de los recursos. En este escenario Rifkin prevé un nuevo tipo de consumidor, más proactivo y capaz de producir lo que necesita: el prosumidor. Todo bajo el paraguas de una nueva economía basada en el procomún colaborativo.

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