Marc Cerdà: “Consumimos más de lo que la Tierra es capaz de generar”

Entrevista a Marc Cerdà, ambientólogo y profesor de la UB, activista ecologista y miembro del Observatorio Crítico del Cambio Climático

«Más que respirar, el planeta está conteniendo la respiración». El ambientólogo y profesor de la UB, activista ecologista y miembro del Observatorio Crítico del Cambio Climático Marc Cerdà, asegura que el frenazo en seco de la actividad económica mundial ha reducido las emisiones de gases de efecto invernadero, pero que esto «no es suficiente». Desde el confinamiento, le preguntamos sobre el papel y la responsabilidad de los diversos sectores a la hora de hacer frente a la emergencia climática.

Parece que el planeta grita fuerte, pero los gobiernos no lo quieren escuchar. ¿Por qué?

Como bien dices, el planeta grita y nos alerta de que las cosas están cambiando más rápidamente de lo que creíamos posible. Estamos llegando a récords de concentración de dióxido de carbono en la atmósfera. Las tasas de extinción de especies es entre 100 y 1.000 veces superiores a las naturales. Y cada año se vierten millones de toneladas de residuos y plásticos en los océanos. Obviamente, todo esto está desestabilizando climáticamente y ecológicamente el planeta modificando, al mismo tiempo, las condiciones ambientales que nos han permitido desarrollarnos como especie. Lo más preocupante quizás, es que estos cambios se están produciendo de manera más rápida que hace unas décadas. Y lo estamos empezando a ver, por ejemplo, con el incremento de la frecuencia de los fenómenos meteorológicos extremos como los huracanes, sequías, incendios, olas de calor o temporales. ¿Por qué los gobiernos no responden con firmeza a este grito de alerta? Pues, principalmente, porque la crisis ecológica y climática no es un problema de conciencia ambiental de los gobiernos, sino que es la consecuencia de las lógicas del crecimiento ilimitado de la producción y del consumo en las que se sustenta la economía capitalista. Una lógica que, como ya denunció el Club de Roma en los años 70 del siglo pasado, choca directamente con la capacidad de recuperación de la biosfera. De hecho, desde los años 80 del siglo pasado consumimos más de lo que la Tierra es capaz de regenerar. Y perversamente, al mismo tiempo, este consumo es profundamente desigual.

 La emergencia climática va estrechamente ligada al modelo económico que impera. ¿Qué tipos de políticas se deberían de adoptar para hacerle frente?

Una gran parte de las medidas que deberíamos adoptar para hacer frente a la emergencia climática y ecológica pasan necesariamente por reformular las relaciones entre la humanidad y la naturaleza y situar en el centro de nuestras prioridades el sostenimiento de la vida. Obviamente, esto entra en contradicción con el actual y hegemónico modelo económico y con su perspectiva economicista, que concibe la naturaleza como una entidad pasiva y subordinada a las necesidades humanas. Pero, si hacemos un esfuerzo de abstracción, podemos llegar a definir tres medidas políticas que serían clave para hacer frente a la emergencia climática. La primera es la reorganización del sistema productivo, tanto a nivel industrial como agrícola, para que responda a las necesidades reales de la población y al equilibrio ecológico. Esto significa, al mismo tiempo, transformar los patrones de consumo y producir lo necesario para garantizar una vida digna. La segunda sería una transición energética renovable que nos permita construir un sistema descentralizado de producción, cooperativista y democrático. Y la tercera, transformar el actual modelo de movilidad centrado en el vehículo privado y los combustibles fósiles, para avanzar hacia una movilidad sobre el eje del transporte colectivo y no contaminante.

 Las consumidoras podemos cambiar nuestros hábitos, pero las grandes empresas son vitales en la lucha contra el cambio climático. ¿Qué sectores crees que tienen más responsabilidad?

Cambiar los hábitos de consumo es un elemento fundamental en la lucha contra la emergencia climática y, especialmente, fortalecer los circuitos de producción local y de proximidad y la corresponsabilidad de las consumidoras con las productoras y, al mismo tiempo, con el entorno natural. Pero a nadie se le escapa que, para hacer frente a la emergencia climática, es necesaria una transformación radical del modelo productivo mundial totalmente dependiente de los combustibles fósiles y controlado por grandes empresas transnacionales. De hecho, si echamos un vistazo a las emisiones de gases de efecto invernadero por sectores, veremos que aproximadamente el 30% de estas emisiones está relacionada con el transporte y, más concretamente, con los coches y la aviación. A continuación, encontramos la producción de energía mediante combustibles fósiles como el petróleo, el carbón y el gas, pero también el sector industrial y agrícola. Si queremos reducir las emisiones en estos sectores, tal como recomienda el Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC), tendremos que hacer una profunda reflexión sobre qué y cómo producimos y, al mismo tiempo, cómo, dónde y para que nos desplazamos.

La agricultura y la ganadería también tienen un papel importante, ¿es así? 

El papel importante de la agricultura y la ganadería en el cambio climático se ha ido incrementando a medida que el proceso de industrialización de este sector se consolidaba globalmente. Esto ha hecho que, actualmente, la agricultura y la ganadería representen más del 20% de las emisiones de gases de efecto invernadero globales. Concretamente, en el sector agrícola, estas emisiones están relacionadas con el uso de los combustibles fósiles como fuente energética para mover la maquinaria. Pero también hay una parte importante de las emisiones que son producto del cambio de los usos del suelo, es decir, las deforestaciones y sobre todo, del uso de fertilizantes químicos nitrogenados. En el sector ganadero, monopolizado por las granjas industriales, la principal fuente de gases de efecto invernadero es la producción de metano por parte de los rumiantes. Y de hecho, según datos de la FAO, este sector es el responsable del 30% de las emisiones de metano globales. Por este motivo, son tan importante las propuestas que giran en torno a la soberanía alimentaria y del desarrollo de proyectos de agricultura ecológica y ganadería extensiva, mucho más sostenibles y con un menor impacto sobre los ecosistemas y el clima.

Marc Cerdà en una entrevista en Betevé

Hay voces que aseguran que, con la actual crisis sanitaria y el cambio de ritmo, el planeta ha respirado. ¿Es cierto?

Más que respirar, creo que el planeta está conteniendo la respiración. Si bien es cierto que el frenazo en seco de la actividad económica mundial ha reducido las emisiones de gases de efecto invernadero, aproximadamente, en un 1,2%, esto no sería suficiente para limitar el incremento de la temperatura media planetaria a 1,5 grados tal como propone el IPCC. Sí que es cierto que, en algunos ámbitos, la reducción de la presión antrópica ha mejorado la calidad del aire o la recuperación de los sistemas acuáticos como los ríos y los hábitats costeros. Sin embargo, todo esto puede quedar en agua de borrajas una vez se reactive la actividad habitual. Aun así, creo que podemos extraer un aprendizaje importante del confinamiento mundial provocado por la pandemia de la Covid-19, y es que hemos visto en primera persona la capacidad de resiliencia y de recuperación de la naturaleza. Y por lo tanto, todavía hay esperanzas de minimizar los efectos de la crisis ecológica y climática si actuamos decididamente.

Parece que quien está sacando partido de la situación de confinamiento son las empresas tecnológicas y energéticas, sectores clave para la reducción de la huella de carbono, ¿es así?

Sí y no. Me explico. El confinamiento ha hecho aumentar el consumo eléctrico en los hogares pero, como resultado de la reducción de la actividad socio-productiva, el consumo global se ha reducido. Lo que obviamente tiene un impacto sobre la generación de electricidad, que en Cataluña es fuertemente dependiente de los combustibles fósiles. En la otra vertiente, como bien dices, están las empresas tecnológicas ligadas principalmente al sector de la telefonía y de Internet, las cuales han incrementado significativamente su actividad. Muchas veces nos olvidamos que el mantenimiento de la red de Internet y los servidores, ordenadores y equipos electrónicos consumen energía. Y también, a menudo, olvidamos que la producción de estos equipos requiere ciertos minerales y elementos, cuya explotación y distribución lleva incorporada una elevada mochila de carbono.

Las empresas del sector eléctrico, precisamente, han implantado proyectos de mejora de la eficiencia energética y reducción de emisiones en algunas de sus plantas. Pero, ¿es suficiente?

Para no superar el incremento de 1,5 grados de la temperatura global, estas medidas no son suficientes. Sin embargo, en esta tendencia a que te refieres, creo que hay dos lecturas posibles. La primera es que muchas empresas, por no decir todas, se han sumado a la moda del marketing ecológico. Es decir, intentan demostrar a una población cada día más concienciada ecológicamente, que su empresa apuesta por un modelo empresarial «sostenible» a nivel ambiental. Pero esto, como digo, es sólo marketing para atraer consumidoras. Y de hecho, en Cataluña, en los últimos nueve años, las empresas han reducido un 58% el presupuesto en medio ambiente. Un dato suficientemente elocuente de las intenciones reales. La segunda lectura es que el sector energético es consciente, más de lo que creemos, de que nos acercamos vertiginosamente al pico de extracción de los combustibles fósiles, si no lo hemos superado ya. Con el agotamiento de estos recursos, la transición hacia energías renovables es imparable. Por este motivo, empresas como ENDESA o REPSOL están empezando a hacer inversiones millonarias en energías renovables. Principalmente, para mantener la hegemonía sobre el control de un bien natural básico como la energía y, al mismo tiempo, para reducir las pérdidas ligadas al enorme volumen de activos fósiles, como oleoductos, que se convertirán en obsoletos.

Marc Cerdà

Un cambio de modelo energético sin generar afectaciones en otras partes del planeta (por ejemplo, los minerales que se necesitan para las baterías de los coches eléctricos), ¿es posible a corto o medio plazo?

En primer lugar, deberíamos ser conscientes de que el actual nivel de consumo de energía, gracias al uso de combustibles fósiles, no es posible sostenerlo sólo con las energías renovables. Por este motivo, son muchas las voces que reclaman una reducción del consumo energético, mejorando la eficiencia energética pero, al mismo tiempo, fomentando la autogeneración y el autoconsumo de energía renovables en los hogares. Aun así, la transición energética requerirá la extracción y transporte de minerales que son escasos, para la fabricación de las infraestructuras necesarias como las placas solares o las baterías. Obviamente, corremos el riesgo de mantener y amplificar las lógicas extractivistas y los conflictos ambientales relacionados por ejemplo, con la actividad minera. El reto pues es doble, avanzar hacia una transición energética renovable y hacerlo desde una perspectiva de justicia social y ambiental, es decir, reduciendo los impactos ecológicos y sociales que se derivan. 

Con las nuevas medidas sobre la movilidad del Ayuntamiento de Barcelona, el debate está servido. ¿Qué responsabilidad tiene, en el cambio climático, el modelo de movilidad que tenemos?

Como decíamos al principio, la movilidad especialmente ligada a la movilidad privada, es decir a los coches, representa el 30% de las emisiones de gases de efecto invernadero. Al mismo tiempo, también es la responsable del elevados niveles de contaminación atmosférica, especialmente en zonas urbanas. Una contaminación que, conviene recordar, provoca cientos de muertes prematuras cada año y miles de ingresos hospitalarios por problemas respiratorios. Por este motivo, ayuntamientos como el de Barcelona han comenzado a implementar medidas de limitación de la circulación de ciertos vehículos considerados los más contaminantes. Pero son medidas contradictorias e insuficientes. En primer lugar, porque no fomentan el uso del transporte público sino la renovación del parque automovilístico con la compra de vehículos menos contaminantes o eléctricos, aunque varios estudios ya han demostrado que las emisiones de los vehículos eléctricos durante su ciclo de vida pueden llegar al 60% de las emisiones de un vehículo de combustión. En segundo lugar porque, como hemos visto durante el confinamiento de la ciudad de Barcelona, ​​el único mecanismo para reducir la contaminación atmosférica y por tanto, también las emisiones de gases de efecto invernadero, es restringiendo la circulación de prácticamente todo el parque de vehículos privados.


Sara Blázquez

Periodista