La energía es también una cuestión social y ambiental: obtener energía tiene unos impactos

Entrevista a Lourdes Berdié, miembro de la Red de Soberanía Energética (Xarxa de Sobirania Energètica) desde el 2013, año en que se formó la red.

Foto: Joana Ariet

Química de formación, está especializada en química analítica del medio ambiente y contaminación. Dedica buena parte de su tiempo al activismo energético y se involucra en diferentes movimientos por la defensa del clima. Muy preocupada por el futuro incierto y complicado que nos espera, la inquieta ver la poca capacidad que tenemos para mover algo a pesar de la cantidad de piedra que picamos. Ve en el ecofeminismo el giro mental revolucionario que nos aportaría la base para la transformación social, económica y ecológica que necesitamos urgentemente.

¿De qué hablamos cuando hablamos de energía? 

La energía es esencial para la vida. Sin energía no podríamos alimentarnos, vestirnos, calentarnos, movernos, producir y transportar objetos, y desarrollar nuestros proyectos personales y colectivos. Es lo que mueve el mundo. Pero al movernos dejamos una huella. Cualquier actividad humana tiene unos impactos, cualquier producto que fabricamos o alimento que cultivamos tiene una huella de energía.

Lo que reclamamos desde la soberanía energética es que todas las personas podamos decidir sobre la energía

Cuando hablamos de energía no solo hablamos, pues, de un tema técnico. La energía no es solamente una cuestión de kilovatios hora o de potencia instalada, de elegir placas o petróleo. Es también una cuestión social y ambiental: obtener energía tiene unos impactos, lo que hacemos con esta energía tiene unos impactos. Aquí y en todo el mundo. Del lugar donde extraemos la energía o los materiales necesarios para obtenerla genera un impacto en las comunidades donde hay estos materiales, en las comunidades y ecosistemas donde se instalan las infraestructuras. Y también hay que pensar en lo que hacemos con esta energía. Los usos que le damos pueden ayudar a cuidar el mundo donde vivimos o pueden contribuir a degradarlo todavía más.

Lourdes Berdié durante la entrevista | Foto: Joana Ariet

Lourdes Berdié durante la entrevista | Foto: Joana Ariet

Lo que reclamamos desde la soberanía energética es que todas las personas podamos decidir sobre la energía: sobre cuántos kilovatios hora o cuánta potencia hace falta instalar, sobre si fotovoltaica o fósil, pero también pensando que nuestras decisiones tengan el menor impacto negativo posible sobre otras comunidades y ecosistemas.

¿Por qué ahora hablamos de energía, por qué es tan necesario hablar de ella?

Ahora mismo nos encontramos en un momento muy crítico. Nosotros, como red, empezamos a activarnos en 2013, a raíz de la respuesta a la fracturación hidráulica (fracking); por aquel entonces, evidentemente, se hablaba ya de cambio climático, de crisis energética, estaba Antonio Turiel insistiendo en el tema del cénit petrolero (peak oil), de los límites de los recursos, del peak everything. Pero ahora mismo es un tema fundamental. Ahora estamos haciendo la transición. Y, hay quien dice, empezando a colapsar.

Estamos haciendo la transición, sí, pero una transición a la medida del oligopolio y del capital

¡Ojo! ¿Has dicho que ahora estamos haciendo la transición? 

Bien, sí. Estamos haciendo la transición…, pero no la que querríamos (ríe). Estamos haciendo la transición, sí, pero una transición a la medida del oligopolio y del capital. Los planes de transición, si es que los hay, están pensados desde la perspectiva de la gran infraestructura, del modelo centralizado, donde quien tiene el capital es quien puede realizar proyectos. Ahora bien, quien tiene las de ganar son las grandes empresas energéticas. Con su capacidad de influencia política (conocemos bastante bien el tema de las puertas giratorias), han sido capaces de retrasar la transición energética durante décadas. Recordad el impuesto al sol, los cambios legislativos sobre las primas a renovables, las trabas que ponen hoy en día a las instalaciones de autoconsumo… O el bloqueo a dar prioridad a un modelo distribuido de instalaciones pequeñas y medianas, menos exigentes económicamente y, por lo tanto, más asumibles por la ciudadanía, con una propiedad también más distribuida y, como resultado, más democráticas.

El valor de las energías renovables es que permiten la proliferación de proyectos de bajo o medio coste en manos ciudadanas. Y, por lo tanto, y lo más importante, aumentan nuestra capacidad de decidir sobre la energía. Nos hacen más conscientes y amplían nuestra cultura energética. Podemos preguntarnos, y tener en cuenta en nuestras decisiones energéticas, cosas como de dónde vienen los materiales con los que se han hecho las placas que nos instalamos, cómo se han obtenido, quién los ha extraído y en qué condiciones, dónde irán a parar los materiales cuando acabe su vida útil, etc. 

Ahora, con las consecuencias del cambio climático cada vez más difíciles de ignorar, con la crisis de los recursos energéticos fósiles cada vez más encima, las grandes empresas han abierto por fin la vía a una transición. Pero una transición hecha a su medida. Con una transición energética orquestada por las grandes empresas, nuestra capacidad de decisión está vendida; las no afectaciones a terceros serán la última prioridad.

Mireia Bosch entrevistando a Lourdes Berdié | Foto: Joana Ariet

Mireia Bosch entrevistando a Lourdes Berdié | Foto: Joana Ariet

Porque sí, estamos en crisis energética y climática… 

Lamentablemente. Tenemos al frente una crisis energética anunciada desde hace tiempo. Conocemos el problema del peak oil que comentaba antes. Sabemos que el petróleo que todavía hay es cada vez más difícil de extraer, menos rentable económicamente y energéticamente… Sabemos, además, que no lo podemos quemar, porque para ir bien tendríamos que dejar los combustibles fósiles que quedan bajo tierra para no atizar más la llama del cambio climático.

Ahora el cambio climático se nos hace cada vez más visible. Tenemos cada vez más conciencia del hecho de que no será posible mantener el orden actual de las cosas, que ya no llegamos a tiempo de mitigar la situación y que habrá que adaptarse a unas condiciones futuras inciertas. La presión social aumenta. Existe una presión institucional creciente, aunque sea tímida, aunque sea sobre el papel y dentro de las premisas del actual sistema. Incluso desde sectores muy alejados del ecologismo se ve la necesidad de reducir las emisiones de estos combustibles. La necesidad de hacer esta transición está por fin sobre la mesa, a pesar de que ya hace días que esto se veía venir… ¿Quizás es porque ahora ya es rentable a corto plazo? En todo caso, se ha dado el pistoletazo de salida con el visto bueno, ahora sí, del oligopolio, y el oligopolio, como no podía ser de otro modo, se ha asegurado de estar en la pole position.

Sabemos que los recursos son finitos, pero el sistema vive de espaldas a este hecho, o podríamos decir que funciona de manera suicida, como si no hubiera límites

Hemos hablado de la crisis de las materias primas relacionadas con los combustibles fósiles, pero también existe una crisis de materias primas que tienen que ver… 

… con las renovables, sí. Porque además del pico petrolero, tenemos también un pico del uranio, uno del cobre y un pico, en realidad, por todo aquello que nos planteamos explotar a gran escala. El peak everything, que comentábamos antes. Sabemos que los recursos son finitos, pero el sistema vive de espaldas a este hecho, o podríamos decir que funciona de manera suicida, como si no hubiera límites. No sé cómo expresarlo. ¡La Tierra no es el bolsillo mágico de Doraemon!

Entonces, ¿el camino, la salida, a esta crisis energética pasa por las renovables? 

Es un tema complicado. El camino pasa por las renovables, sí. Pero el camino no se reduce a un simple cambio de fuentes de energía. El problema de las renovables es que ellas solas no pueden sustituir a los combustibles fósiles y satisfacer todo el consumo energético actual. Tienen una menor tasa de retorno energético, es decir, son más caras en términos de energía que las fósiles. Tienen una menor densidad energética, es decir, necesitan ocupar mucha más superficie para obtener la misma energía. Esto quiere decir que tenemos que ir hacia un decrecimiento energético como sociedad. Hay quien lo entiende como mejorar la eficiencia energética, pero no es solo esto. 

Los materiales que necesitamos para construir las instalaciones de renovables son limitados, su extracción también tiene un impacto y genera unas injusticias sociales directas sobre los países que disponen de ellos. Las infraestructuras, sobre todo las grandes infraestructuras, ocupan grandes superficies que también son necesarias para preservar la soberanía alimentaria y la biodiversidad

Además, lo que resulta muy revisable, a veces de forma escandalosa, es a qué dedicamos esta energía. Las actividades humanas, lo que hacemos con esta energía, generan impactos sociales y ambientales que también tienen que entrar en la reflexión sobre el camino de la transición. ¿Necesitamos generar tanta energía? ¿Todo lo que hacemos con la energía es necesario? ¿Qué hay de superfluo? ¿Cuánta energía necesitamos? ¿Somos capaces, como sociedad, de ponernos de acuerdo en cuáles deben ser las actividades humanas prioritarias para minimizar nuestra huella ecológica y garantizar un futuro a largo plazo? Es triste, pero este debate no se aborda. 

 

Fragmento extraído del nuevo Cuaderno 62: Energía local y descentralizada, disponible próximamente.


Mireia Bosch Mateu

Comunicación social