Nutrirnos cultivando la tierra

La experiencia inolvidable del wwoofing.
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Recogemos el testimonio de algunos wwoofers, personas que han pasado unos días ayudando en una granja ecológica. Nos explican que es una oportunidad única para descubrir mundo y conectar con la tierra.

Conocer Canadá… ¡y mucho más!

Marina escogió esta forma de hacer turismo consciente hace unos cuantos años.

“Conocí la iniciativa WWOOF a través de unos amigos. ¡Me pareció una manera fantástica de disfrutar de las vacaciones! Para conocer una sociedad diferente de la mía, hacerlo conjuntamente con una familia ‘autóctona’ y a través del trabajo de la tierra, una tarea que no suele formar parte de mi día a día.

Tenía ganas de conocer Canadá, y organicé un viaje de cinco semanas: tres ayudando en la Mariposa Organic Farm y dos viajando por el país. La granja está situada al sudoeste de Canadá, en un entorno montañoso y al lado del río y de la frontera con Washington. Era de una pareja que vivía allí con sus dos hijos. Cultivaban hortalizas ecológicas para vender, sobre todo calabazas y pepinos, y también tenían un huerto.

¡Fueron tres semanas interesantísimas! En primer lugar, por trabajar la tierra. Instalar un riego automático en un campo de calabaceras, arrancar las malas hierbas (¡nos pasábamos días enteros!) ¡y recoger las calabazas cuando era el momento! Lo hacíamos en cadena, y nos las lanzábamos al aire para ir más deprisa. Nunca había pensado que el proceso de cosecha sería así… También tenían un campo grande y algún invernadero de pepinos. Aprendí a distinguir cuando estaban a punto de ser recogidos, ¡y nunca más desde entonces he comido pepinos tan buenos aquí en Cataluña! Cuando fue la época de las frambuesas, las recogimos para congelar. La familia de la granja comía durante todo el año. ¡Qué trabajoso escogerlas una por una en medio de las zarzas! Con experiencias como esta, llegas a apreciar realmente el valor que tiene lo que comemos. wwoofers

Durante la estancia, combinaba las mañanas de trabajo en el campo con las tardes tranquilas. Cuando acababa la faena, me iba al río a refrescarme, y después pasaba por el huerto a buscar hortalizas para la comida. ¡Cómo disfrutaba comiendo todo lo que yo misma había regado, cuidado y recogido! La familia de la casa se sorprendía del rato que invertía cocinando y comiendo cada día. Para ellos, la comida era un trámite; comían batidos de helado y mermelada o frutas del bosque, o una rebanada de pan con mantequilla… Por la tarde salía con los otros wwoofers (éramos tres) a hacer excursiones con el cayac o en bicicleta (eso nos daba un poco de miedo por los osos que a menudo se encontraban por el bosque) y después jugábamos a las cartas hasta la hora de cenar. La cena era la única comida que la familia hacía en la mesa, y los wwoofers estábamos invitados. Comíamos carne, y a veces un poco de verdura (una ensalada con un tomate entre siete personas, por ejemplo). Me extrañaba, con la cantidad de verdura que tenían, que comieran tantos alimentos procesados.

La familia vivía en una casa autoconstruida, y tenía un par de cabañitas en el campo donde hospedaban a los voluntaria que íbamos. Durante la temporada de verano tenían mucho trabajo en el campo y no lo podían hacer solos. Estaban muy contentos de WWOOF porque les permitía ‘hacer vacaciones desde casa’ (eso decían), porque podían estar en contacto y tener influencias de personas de todo el mundo”.

¿Quieres conocer la Mariposa Organic Farm en vídeo?

 

Descubrimientos, crecimiento, valores, emociones y activismo

En nuestro país existen fincas anfitrionas para hacer wwoofing: unas setenta en Cataluña, y una docena en las Baleares y en el País Valenciano.

Por ejemplo, Can Pipirimosca, un centro social rural del término de Valls (Alt Camp), diseñado con criterios de permacultura, donde se promueve un estilo de vida sostenible y respetuoso con la naturaleza y las personas. Es una finca familiar de seis hectáreas con huerto dedicado a preservar variedades locales, bosque comestible y cultivo de cereales. Además, se llevan a cabo o se participa en un montón de otras actividades: agroactivismo, educación en valores de respeto al planeta, cultura de la paz y voluntariado, talleres y encuentros enfocados a un cambio personal y de modelo de sociedad, o impulso del proyecto “Valls en transició“.

La finca recibe wwoofers desde 2002, y acoge unos setenta voluntarios cada año. La mayoría (alrededor del 65%) tiene de veinte a treinta años y está entre una semana y un mes. Pere Vidal, el coordinador, nos explica que, del millar de personas que han pasado por la finca, menos del 10%  han sido poco colaboradoras, y menos de un 1%, conflictivas. No obstante, siempre son necesarias herramientas de facilitación y gestión emocional y de grupos para que las cosas funcionen, entre la diversidad en cuanto a expectativas, iniciativa, energía y motivaciones. Pere expresa así el aprendizaje más valioso que ha recibido de los wwoofers: “Cada persona es un mundo, cada grupo un viaje“.

En la foto podemos ver a cuatro wwoofers que están allí en junio de 2017. Ayudan a hacer pan y muffins veganos, abrir caminos, cavar zanjas para pasar mangueras de riego, dar de comer a las gallinas, ordenar leña o instalar una bomba solar en el pozo.

A Alexandrew, de Estados Unidos, lo que más le satisface de la estancia es su desarrollo personal: al llegar le costaba mucho comportarse entre maneras de ser y de hacer nuevas y diversas, y ahora ve que justamente vivir con otras personas es el aprendizaje más valioso. De hecho, le ha sorprendido lo deprisa que se ha adaptado y se ha sentido a gusto.

Noemie (francesa) y  Eliza Maria (alemana) dicen que lo más chocante ha sido el cambio de vida: duchas solares, cocinar fuera, lavabos compostables, comer vegano… “En un primer momento es como entrar en otro mundo, pero al cabo de dos días te encuentras como si hubieras vivido aquí toda la vida”. Se les hizo difícil quitar zarzas con el pico durante unos cuantos días, y por el lado gratificante destacan cocinar verduras ecológicas muy buenas en cocinas eficientes “rocket” de leña y reutilizar: están aprendiendo a vivir más sencillo y ser creativas para aprovechar todo lo que tienes.

Y es que Can Pipirimosca tiene un balance de desechos de plástico negativo: se reutiliza más de lo que produce, y también tiene un impacto sobre el planeta positivo en fertilidad y biodiversidad. Con el proyecto “Valls en transició” pretende que el impacto ambiental de sus convecinos también sea positivo; para que se animen, organizó un cinefórum con el documental Demain.

Can Pipirimosca es una de las iniciativas que visitó el programa Latituds de TV3 dedicado al wwoofing (en marzo de 2015); ellos les llamaron “voluntaris masovers” (colonos voluntarios).

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