La alegría del cambio hacia el consumo consciente

Pequeños gestos diarios que te dan felicidad. Esto es el consumo consciente para las personas que protagonizan este reportaje. Algunas justo han empezado a incorporar nuevos hábitos. Otras ya tienen mucho recorrido. Todas coinciden en una idea: hay cambios que son para siempre.
Christian i Jordi, protagonistes del reportatge "L'alegria del canvi cap al consum conscient"

Christian y Jordi salen a comprar. Antes, cogen el carro, y en su interior ponen algunas bolsas, un envase vacío de detergente y un táper. Jordi no puede evitar sonreír cuando recuerda la vergüenza que le dio el primer día que, en la parada del mercado, pidió que le pusiesen la hamburguesa en el recipiente que ya traía de casa. Hoy la carnicera ya no se va a sorprender de que no quieran la hamburguesa en la bandeja de porexpan, porque ya los conoce, pero ellos saben que el resto de la clientela todavía los mirará con cierta curiosidad. Hasta hace poco, a ellos tampoco se les hubiese ocurrido traer un envase de casa para evitar los de un solo uso. Pero ahora son consumidores conscientes y ya no saben hacerlo de otro modo.

 

Todo es empezar

En su casa el consumo cambió gracias a la campaña JosocCoco, impulsada por Rezero. ¿El reto? Vivir treinta días sin generar residuos. Para conseguirlo han tenido que cambiar muchos hábitos y han descubierto establecimientos cercanos que se lo ponen fácil. Ahora compran en tiendas de barrio en las que venden a granel y ya no van a las grandes superficies: “No vamos al súper porque vemos que todo está envasado”. Eso sí, a pesar de que viven en el Eixample de Barcelona, con mucha oferta comercial, para comprar leche a granel deben ir más lejos. Pero eso tampoco les supone un problema: “Me viene de paso al ir al trabajo”, comenta Christian, “así que no es un gran sacrificio”. Para él la leche es un producto básico: la necesita para preparar yogur. Desde que ha aprendido a hacerlo en casa, cada semana ahorra una docena de envases que antes iban al contenedor amarillo, al que ahora tampoco tiran envases de detergentes: “Todo el mundo puede ir a comprar los productos de limpieza e higiene a granel, es muy sencillo: gastas el primer envase y, después, lo reutilizas”. Jordi destaca que muchos de los cambios que han tenido que hacer para evitar residuos han comportado el regreso a ciertos hábitos de cuando él era pequeño, como utilizar servilletas de tela para no gastar de papel, devolver los envases de vidrio o llevar un carrito para ir a hacer la compra.

Christian se siente orgulloso de utilizar la bolsa de malla sin asas cuando va a comprar verdura o fruta y se resiste a utilizar los guantes de plástico. Nos comenta, sonriendo, que cuando pone la fruta en la bolsa de malla se siente observado: “La gente que sigue utilizando bolsas de plástico me miran con extrañeza y se creen que estoy robando”. También han vuelto a utilizar la cafetera tradicional para hacer el café en lugar de la máquina que necesita cápsulas de plástico y aluminio. Y han dejado de comprar por internet para evitar los envíos que, siempre, vienen con un embalaje de plástico enorme e innecesario.

A pesar de los cambios que nos cuentan, destacan que no invierten más tiempo en hacer la compra. “Puede parecer que ir al súper es mucho más rápido que comprar en una tienda del barrio, pero en realidad no es así, e incluso gastas menos dinero”, comenta Jordi. Antes él compraba las hamburguesas en envases de cuatro unidades “y como Christian es vegetariano siempre terminaba por sobrarme alguna, que luego se estropeaba”. Ahora compra al día: “Si sé que voy a ir a casa a comer, me compro solo una y listo. ¡Ah!, y me la llevo en un táper”.

Jordi también ha dejado de comprar lechuga ya cortada en bolsas de plástico. “Siempre terminaba estropeándose”, se queja Christian. Y están contentos de haber aprendido a hacerse el agua con gas. En cambio, hay algunos productos que no encuentran sin plástico: la comida del perro, por ejemplo: “Antiguamente había pienso a granel, pero ahora nos cuesta encontrarlo, el menos en el barrio”.

Durante el reto han tomado conciencia del volumen de residuos innecesarios que generaban y han aprendido cosas que ya van a incorporar en su cotidianidad. A pesar de que Christian reconoce que para ser un consumidor consciente es necesario organizarse un poquito más y planificar las compras, los dos están de acuerdo en que no va a haber vuelta atrás. “Es como un cambio de chip. No creemos que vayamos a volver a la vida de antes. Ahora siempre tenemos en mente los residuos, pero de una forma cómoda, sin estresarnos”, comenta Jordi.

 

El reto #Josococo: 5 familias, 30 días, 0 residuos

¿Es posible vivir sin generar residuos? ¿Hasta qué punto se deben cambiar los hábitos de consumo para conseguirlo? Rezero se ha presentado en casa de cinco familias y les ha planteado un reto que les ha revolucionado el día a día: vivir sin residuos durante un mes. Y para ponérselo un poco más fácil, también les ha facilitado unas ayudas: una jarra para filtrar el agua, una cantimplora, envoltorios reutilizables, un táper para ir a comprar productos a granel y una bolsa de malla para poner fruta y verdura.

Mientras dura la prueba, las familias se van grabando para dejar constancia del proceso, tanto de los éxitos como de las dificultades. Semana tras semana, los vídeos demuestran que los cambios necesarios trastocan los hábitos diarios.

No siempre resulta fácil encontrar recursos para evitar los residuos. Las dificultades varían en cada caso, según las necesidades y el entorno. Por ejemplo, no es lo mismo si vives en la ciudad que si estás en un entorno rural. Desde Rezero lo tienen claro: es necesario un cambio de paradigma de consumo pero también hay que transformar procesos de producción y distribución y conseguir más implicación de las administraciones públicas. ¿Una propuesta? Ofrecer incentivos económicos para quien genere menos residuos.

Hábitos, incomodidades y abuelos

Aunque Guim apenas tenía unas semanas de vida ya había disparado el volumen de residuos de la familia. Por la noche, cuando su padre, Dani, salía a la calle para tirar la bolsa de la basura, se quedaba atónito ante la montaña de pañales que llevaba. Por eso, cuando desde Rezero les propusieron el reto de reducir los residuos durante un mes, él y Cecilia, su pareja, no lo dudaron.

Para esta familia de Cistella, en el Empordà, el cambio más importante fue introducirse en el mundo de los pañales de tela. “De entrada parece complicado, pero después aprendes cómo funcionan y ya está.” Por eso Dani insiste en que la gente no desista a la primera. Cecilia añade que, a pesar de que cada dos días deben poner una lavadora, económicamente les compensa mucho. Ella también ha empezado a utilizar discos de lactancia reutilizables. Antes usaba unos de plástico y papel, que tenía que cambiar cada vez que daba el pecho. Los de ropa “son mucho más cómodos, más suaves y se pueden lavar”. Los que no lo tienen tan claro son los abuelos del bebé, quienes les dicen que “no es necesario volver a estas incomodidades”.

Dani y Cecilia reconocen que hay que hacer todo un esfuerzo organizativo, pero les hace felices no tener que ir cargados al contenedor genérico. Y es que no solo han reducido el consumo de pañales, también el de envases de yogures (ahora ahorran veinte cada semana) y otras cosas envasadas. “Siempre comprábamos en el supermercado. Todo envasado, para ir rápido”, comenta Dani, que ahora incluso compra la leche a granel en una granja. “No éramos conscientes de lo que tenemos cerca de casa. La frutería nos viene de camino, igual que la charcutería y la panadería”, añade. Y cuando van a la charcutería del pueblo, si un producto lo tienen envasado, no se lo llevan.

Dani ha descubierto que en una granja cerca de su casa puede comprar leche a granel. Autofoto.

También van más a menudo a comprar y no tiran tanta comida. Los dos coinciden en que comprar en los pequeños comercios “hace pueblo” y que tiene un valor añadido, como por ejemplo cuando te recomiendan la mejor fruta, te dicen cuál es la de temporada o te informan de dónde procede. “Y de vez en cuando me dan alguna receta”, añade Dani, que cree que ahora que cocinan más en casa han ganado en salud. A ellos, ir a comprar con tápers y bolsas reutilizables les parece que solo requiere un esfuerzo muy pequeño comparado con los beneficios que obtienen.

Ahora bien, Cecilia y Dani también han descubierto que la sociedad no potencia este tipo de vida “residuo cero”, por lo que tienes que hacer lo imposible para no generar residuos. “Muchas veces, por más que expliques que no quieres plástico, te lo siguen poniendo”. Además, cuando Guim ha empezado a ir a la guardería han tenido que volver a los pañales de un solo uso. Ahora los de tela son solo para casa, donde también siguen sin utilizar toallitas.

Guerra al plástico

Goretti no es una principiante en el consumo consciente. Ya hace tiempo que forma parte de una cooperativa de consumo agroecológico del barrio de Gràcia, en Barcelona, en el que comparte piso con otras tres personas. Cree que la ven como la excéntrica de la casa: uno le pone en duda que lo que hace sirva para algo, otro le dice que muy “guay”, pero no se apunta. El caso es que ella, que está empeñada en consumir productos ecológicos y de proximidad, ha terminado asumiendo labores que no le corresponden, como por ejemplo la compra de detergente para la lavadora, que debe hacer hoy antes de ir al mercado.

Ya hacía años que había empezado a introducir cambios de hábitos, pero el paso hacia delante más importante lo dio hace un par de años cuando, harta de ver playas inundadas por todo tipo de plásticos, decidió dejar de comprar en establecimientos en los que utilizan envases de plástico. Ahora, cuando sale a comprar, lleva su propio envase reutilizable y “si me lo dejan utilizar, genial, y si no me voy”.

Por eso, antes de salir de casa ha cogido una botella de plástico. En la tienda donde la va a rellenar de detergente solo le ponen una condición: que no sea un envase de uso alimentario, por motivos de seguridad. Una vez en el establecimiento, Goretti aprovecha para comprar una pastilla de jabón para el cuerpo, que le dura mucho más que el gel. Sale de la tienda satisfecha porque con estos hábitos al cabo de un año ahorra una buena cantidad de envases, pero lo que le gustaría de verdad sería hacer jabón casero con sus compañeros de piso.

De lo que está muy satisfecha es de haber incorporado a su vida las bragas Cocoro, que absorben la menstruación. Ya hace años que utiliza la copa menstrual, pero aún la complementaba con salvaslips de un solo uso porque las compresas de tela no terminan de parecerle cómodas. Ahora, con el invento de la cooperativa Femmefleur, por fin podrá tener la regla sin generar residuos.

Goretti nos cuenta que su siguiente gran reto es el agua. De momento la consumen de garrafa, pero quiere instalar un filtro en el grifo. “He explorado el carbón activo, pero sigo buscando algunos filtros que sean económicos y rentables”. De momento, ella intenta reducir el consumo de agua para la limpieza e higiene. Ahora se lava el pelo dos veces por semana, y así también ahorra champú. Ha descubierto que en ocasiones caemos en un “exceso de limpieza” y eso, a veces, incluso nos puede acarrear algunos problemas de piel.

El tema de la alimentación se lo resuelve mucho la cesta ecológica de la cooperativa, pero necesita complementarla. Por eso de vez en cuando va al mercado municipal. Ya hace años que también comprueba productos, como el seitán, en un supermercado ecológico. Pero ahora ya no va porque “no deja de ser un súper y porque muchas cosas las venden envasadas en plástico”. Como no ha encontrado la forma de comprar seitán sin el envase de plástico –porque incluso el proveedor de la cooperativa, que ha estudiado otras alternativas, lo comercializa así−, ha dedicido resolverlo haciéndose su propio seitán en casa. Solo tiene que comprar la harina de gluten a granel y dedicarle un rato a prepararlo. La leche de vaca la compra a granel en una tienda del barrio del Born y también ha dejado de consumir leches vegetales envasadas: ha aprendido a hacer una, la de avena, casera. “Ya hace años que he dejado de comprar platos preparados en estos mercados ecológicos y si voy a una tienda de platos precocinados les doy un táper”, comenta.

La alegría del consumo consciente

Goretti compra la tahina a granel. Foto: Dani Codina.

Pero a Goretti no solo le preocupa el plástico. También es consciente de que con la tendencia a acumular cosas, estamos agotando los recursos del planeta. Por eso le rondaba por la cabeza la idea de montar una especie de “biblioteca de cosas” en el barrio. La idea era que el vecindario se pudiera dejar de todo, desde el taladro a la tienda de campaña. Entonces conoció Lendi, una iniciativa de consumo responsable que, a través de una app y un chat telefónico, ya ha hecho realidad esta idea en varios barrios de Barcelona. De este modo, Goretti ha podido conocer a otros “graciencs” con ganas de compartir y ya le han dejado unas cuantas cosas.

A través de Lendi también ha aprendido a fabricarse la pasta de dientes. Se lo enseñó Sara, en un taller que ofreció a través de la misma red, en la que también participa. Sara cree que con las acciones de consumo puedes cambiar las cosas, pero que es necesario viralizar y compartir la acción con tu entorno: “Pero debes creértelo, porque cualquier cambio de hábitos implica un cambio personal”, comenta. Sara vive en el barrio de Poble Nou con su pareja. En casa siempre han separado y reciclado, pero ahora, juntos, investigan cómo tener menos impacto sobre el ambiente a la hora de satisfacer las necesidades básicas de consumo. Antes tiraban una bolsa llena de residuos de plástico a la semana en el contenedor amarillo. Ahora solo una al mes.

La Sara porta el seu envàs per estalviar residus. Foto: cortesia de Sara Fuertes.


Sara ha convencido los tenderos para que le pongan la carne y el pescado en el táper. Foto: cortesía de Sara Fuertes.

Este verano se apuntaron al reto internacional Plastic Free July (‘julio libre de plásticos’) para poner a prueba su capacidad de reducir la huella ecológica y luchar contra la contaminación que los plásticos provocan en los océanos. Durante un mes evitaron comprar cosas envasadas con este material y organizaron “vermuts sin plásticos”, a los que los asistentes habían de llevar comida y bebidas evitando los envases.

Sara es consciente de que aún no han conseguido un estilo de vida “residuo cero”, pero está contenta de comprar fruta y verdura del Maresme, directamente al productor, y la carne y los embutidos sin envases de un solo uso. “Siempre les llevamos el táper y ahora ya nos conocen y nunca nos ponen envase”. Lo más complicado, dice, es que en los centros comerciales o súpers accedan a usar el táper, porque tienen su propio protocolo. “A pesar de ello, les he dejado una sugerencia en su buzón”, comenta.

 

Peligros y dificultades

“Me parece que es prácticamente imposible ser consumidora consciente al 100%”, dice Goretti. Ella intenta buscar siempre la coherencia, pero a veces no tiene claro cuál es la mejor opción. Por ejemplo, cuando se lava los dientes y recuerda que su cepillo de bambú ha tenido que viajar desde China para llegar a su lavabo. También tiene dudas con las nueces de jabón, un producto natural que sirve para lavar la ropa que no está muy sucia. No desprende ningún tipo de olor. Se ponen en un calcetín o en una bolsita y, en contacto con el agua, liberan una espuma, la saponina. Cada bola dura entre dos y tres lavados. Pero provienen de un árbol del Nepal y Goretti se pregunta si realmente merece la pena.

Ella también ve el peligro de caer en una especie de fervor consumista de opciones conscientes. Sugiere que quizá antes de comprar la “alternativa consciente” a un producto de un solo uso, tendrías que preguntarte si puedes prescindir del producto, en cualquier formato. Y pone el ejemplo de las pajitas de acero inoxidable. Goretti confiesa que vive “épocas de pura obsesión con algún tema, como el de las garrafas de agua. Incluso he pensado en acercarme a unos laboratorios para que me analicen el agua que consumo. Pero creo que ya he ido incorporando cosas y que esto debe ser un poco progresivo y sin agobiarme”.

 

Agricultura heroica y crianza consciente

Cristina sabe que en el Baix Llobregat existe un movimiento de resistencia y su familia les apoya totalmente con la compra semanal. Como ella misma explica, en una comarca industrial, con una fuerte presión demográfica y repleta de autopistas, autovías y redes ferroviarias, vivir de trabajar la tierra es revolucionario. Por ello ha decidido consumir fruta y verdura producida por una familia campesina de la misma ciudad en la que vive, Sant Feliu de Llobregat, que además está dando el paso hacia la agricultura ecológica.

En casa son cuatro: ella, su pareja, Víctor, y sus dos hijos, Pau y Alba. En la escuela que han elegido para los niños consumen legumbres de agricultura ecológica y fruta y verdura de proximidad. “E incluso sale alguna cosa del huerto que tienen y cuidan entre los alumnos”. Sin embargo, a veces en la escuela comen productos que en casa intentan evitar. “No lo convertimos en un problema si les dan un yogur con envase de plástico o con azúcar, ni tampoco cuando, en casa de sus amigos, en lugar de merendar pan con crema de algarroba, comen nocilla. No pasa absolutamente nada”.

En la cocina tienen tres garrafas de cristal de ocho litros. “Ya no se ven muchas de este tipo, pero tenemos la suerte de que en nuestra bodega de toda la vida aún las podemos rellenar”. El arroz y la pasta la compran ecológica y a granel en un molino de harina de Sant Vicenç de Castellet, donde venden harina, grano y cereales. Se acostumbraron a comprar aquí cuando se fueron a vivir a Collbató, buscando un entorno rural para la familia. Ahora han vuelto a Sant Feliu, pero una vez al año regresan para hacer una gran compra porque les sale mejor de precio que en otros sitios.  En casa prácticamente no consumen carne y, cuando compran, la buscan ecológica o van a la carnicería de toda la vida. “En la escuela los niños ya comen carne y en casa de las abuelas también se la dan. Intentamos no abusar de ella”, comenta Cristina.

Empezaron a participar en las redes de ropa de segunda mano cuando ella se quedó embarazada. “Todo el mundo nos decía, ‘¡no compréis nada!’. Y nos llegaban cajas de veinte kilos de ropa”. El ochenta por ciento de lo que visten sus hijos es de segunda mano y lo que ya no utilizan lo mueven hacia otras casas donde tienen niños más pequeños. Cristina comenta que todo ello significa un ahorro importante porque, sobre todo durante los primeros años, cambian de talla muy a menudo. También los cochecitos de paseo y las sillitas de seguridad para el coche se los han dejado. “La única cosa que hemos comprado son las tronas”.

La apuesta de Cristina por la lactancia materna es clara. Con Pau terminaron de forma consensuada a los cinco años y Alba ya tiene tres y medio y sigue tomando pecho. “Para mí la lactancia ha sido la mejor inversión de mi vida, porque durante los primeros seis meses de vida la alimentación es natural, gratuita y sana. Una inversión en salud, porque refuerza el sistema inmunitario”. Reconoce que implica que la madre esté más atada, pero cree que tener que levantarse por la noche para calentar un biberón tampoco es una gran solución. Hasta hace poco, ellos optaron por dormir todos juntos en la misma habitación. De este modo, si por la noche tenía que amamantar casi ni se despertaba. Además, con los discos de lactancia reutilizables no genera residuos y también explica que, cuando después del último embarazo le volvió la regla, se pasó a las compresas de tela y está encantada.

L'alegria del consum conscient

La familia de Cristina consume agua en garrafas de vidrio y tiene un temporizador en el calentador de agua para ahorrar energía. Foto: Dani Codina.

Respecto a los juguetes, intentan que no se les acumulen demasiado, pero, como dice ella, es complicado porque “a veces el tema regalos se te escapa de las manos”. Sobre todo durante los primeros años “los niños recibían una cantidad desmesurada de juguetes”. Ahora algunos familiares ya nos preguntan qué necesitan antes de comprar alguna cosa, pero a otros les gusta más dar una sorpresa y “aparecen con cosas que en ocasiones no sabes qué hacer con ellas”. De vez en cuando, previa conversación con Pau y Alba, hacen una selección de juguetes y dan algunos a otros niños o los llevan a la guardería.

Pero no todos los juguetes que tienen son regalos. En distintas partes de la casa hay algunos hechos por Pau. Ha construido un barco utilizando hueveras, rollos de cartón de papel higiénico y mucha creatividad. Ahora está haciendo una bola de discoteca con cd-roms antiguos. El mismo niño nos enseña el contenedor de pilas y la colonia de romero que ha hecho con sus propias manos.

Cristina cree que mirar la televisión incita a los más pequeños a consumir. Nos explica que Pau estaba muy enganchado a los dibujos y que tan pronto se levantaba ya se los ponía. Al llegar de la escuela, también. “El año pasado desconectamos el cable de la antena y le dijimos que se había estropeado. Protestó durante dos o tres días y ahora ya se ha acostumbrado”, nos explica Cristina. Ahora solo ven los DVD que él elige, y de este modo no tiene por qué tragarse los anuncios de juguetes que aparecen en televisión.

Cristina dejó de trabajar para poder dedicarse a los niños. De este modo también ganó tiempo para buscar opciones de consumo que estuviesen más de acuerdo con su forma de ver el mundo. Se convirtió en un ama de casa empoderada, orgullosa de tomar decisiones sobre qué comen, qué consumen y a quién pagan las facturas. Y según Víctor, el hecho de depender solo de un sueldo también obliga a consumir menos y tener más conciencia de lo que se compra.

Explican con satisfacción que han conseguido reducir treinta euros al mes la factura de electricidad, que pagan a la cooperativa Som Energia. “Tráeme la factura de la luz y te diré qué debes hacer para reducirla”, les dijo un vecino experto en renovables. Ahora consumen menos energía y también pagan menos. Víctor nos cuenta que el primer paso fue reducir la potencia y pasar a la tarifa de discriminación horaria. “Desde la noche al mediodía pagas la electricidad a mitad de precio y en la otra franja horaria, un veinte por ciento más cara. Tenemos catorce horas baratas y diez de caras. Con las baratas tenemos mucho margen”. Ponen la lavadora y el lavavajillas solo por la noche o a primera hora de la mañana. Han puesto un temporizador en la caldera eléctrica, de modo que solo trabaja por la noche (menos horas que antes, y a mitad de precio), y el agua aguanta caliente hasta que la necesitan. Además no tienen calefacción. El piso está bien orientado y le da el sol todo el día. Si hace frío nos abrigamos e intentamos usar poco los radiadores eléctricos.

Por lo que respecta a Internet, gracias al asesoramiento de la cooperativa Guifi.net han hallado el modo de compartirla con unos cuantos vecinos a través de un servicio de conexión gratuito del Ayuntamiento. “Necesitas instalarte una antena y tener visión directa al campanario de la iglesia de Sant Feliu porque es donde está el servidor Wifi”, explica Víctor. “El único inconveniente es que la conexión es con servidor intermediario Proxy y no podemos conectar los móviles a la red, pero los ordenadores sí”.

Además son socios de Somos Connexión, con quien tienen contratada la telefonía. Cristina nos cuenta que es una cooperativa del Baix Llobregat que ahora también empieza a ofrecer Internet.

 

La experiencia de una veterana

Las hijas de Mariona tienen quince y dieciocho años. Ella utilizó pañales de tela para la pequeña, hace ya más de diez años que utiliza la copa menstrual y ha consumido durante mucho tiempo fruta y verdura de una cesta ecológica. Se puede decir que ya es toda una veterana del consumo consciente, pero sabe de qué habla cuando dice que el entorno no favorece que los niños y los jóvenes incorporen su práctica. De la copa menstrual, por ejemplo, ni siquiera quieren oír hablar. Y cuando eran más pequeñas, ella hacía los yogures en casa, pero no pudo mantener el hábito: cuando las niñas empezaron a crecer descubrieron que les gustaban más los de la escuela o los de casa de sus amigas.

También ha dejado de comprar la cesta ecológica. Según Mariona, “si el barrio me lo pusiese fácil y cómodo aún lo haría”. Eso sí, es incapaz de ir a un supermercado a comprar cualquier producto alimentario, de modo que hace la compra de producto fresco en el mercado de Hostafrancs del barrio de Sants e intenta consumir en comercios de barrio y productos de proximidad.

Tampoco ha desistido del uso de la bicicleta. Empezó a moverse sobre dos ruedas por la ciudad en 2004, cuando aún había muy pocos carriles bici. Es su vehículo de uso diario, económico, saludable y sostenible. La bicicleta que tiene estaba abandonada y con la ayuda de la cooperativa Biciclot la recuperó. Con ellos también hizo un cursillo para aprender rudimentos de mecánica y saber hacer el mantenimiento de su vehículo.

También realiza intercambios para viajar. “Ya debo de haber hecho unos ocho: Holanda, Inglaterra, Suecia, País Vasco, Olot… Te permite viajar de otro modo: conocer el país desde dentro, convertirte en un vecino más. Se trata de una relación basada en la confianza y no en el dinero. Y además, estableces lazos con gente de realidades distintas”.

 

Compartir la alegría

Después de años de consumo consciente, Mariona se ha visto obligada a dejar atrás algunos hábitos que había incorporado, pero hay otros de los que sabe muy bien que nunca va a renunciar. Christian y Jordi solo hace un mes que han empezado, pero también tienen claro que hay cambios que ya son para siempre. Están tan contentos de su nuevo estilo de vida que tienen ganas de “contaminar” de consumo consciente a su entorno. Nos cuentan que un amigo suyo acaba de colgar en una red social, muy feliz, una foto de una manzana cortada y pelada en una bolsita. “¡Madre mía, la manzana ya lleva su propio envase natural! ¡Cuántas cosas hay que cambiar aún!”, exclama Jordi. Ahora planean organizar una fiesta “residuo cero” en casa, porque tienen ganas de compartir lo que han aprendido y sumar nuevos compañeros de viaje.

 

*Fotografia de la cabezera del artículo: Dani Codina.


Marta Molina

Reportera y periodista colaboradora de Opcions.


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