¿Cómo evitamos el desperdicio del agua?

Conozcamos cuál es nuestro consumo de agua directa y nuestra huella hídrica y qué medidas nos ayudan a reducirlo.

El 28 de julio de 2010, la Asamblea General de Naciones Unidas reconoció explícitamente el derecho al agua y al saneamiento como esenciales para que las personas puedan desarrollar una vida digna. Pero, según un informe de Unicef de 2019, 1 de cada 3 personas en el mundo no tienen acceso a agua potable y unos 1.000 niños mueren cada día por su falta.

Sabemos muy bien, pues, que el agua es un recurso escaso y vital para la supervivencia de todos los seres vivos y también para la preservación del medio ambiente; por ello, es muy importante concienciarse de hacer una buena gestión y un uso sostenible. No debemos olvidar que, aunque tres cuartas partes del planeta son agua, sólo el 0,007% es potable y está disponible para los seres humanos.

sólo el 0,007% del agua es potable y está disponible para los seres humanos

El escenario de emergencia climática plantea, además, la necesidad de ser aún más eficientes en los usos del agua para compensar la poca disponibilidad que tendremos a medio y largo plazo. De hecho, ya vemos que los efectos del cambio climático se hacen visibles especialmente sobre el agua: el deshielo de los polos y los glaciares, el aumento del nivel del mar, las sequías, las lluvias torrenciales, las inundaciones… A medida que cambia el clima, van cambiando también los recursos de agua dulce y salada en los que se basan nuestras sociedades y economías y, por lo tanto, esto debería hacer que cambie también nuestra relación con el agua.

Además, Cataluña es un territorio con un régimen pluviométrico muy irregular y especialmente vulnerable a sufrir sequías. La última, que tuvo lugar los años 2007-08, fue la peor de los últimos 80 años y la situación se agravará aún más durante este siglo. De ahí la importancia de no malgastar el agua, utilizarla bajo criterios de ahorro y hacer todo lo posible para limpiarla y, si es posible, devolverla al medio en las mejores condiciones.

 

Ahorro de agua en el hogar

En nuestro día a día, llevamos a cabo muchas acciones que requieren el uso y consumo directo de agua. Actualmente, el consumo medio de agua en Cataluña, según datos de la Agencia Catalana del Agua, es de unos 113 litros por habitante y día. Se trata de una de las cifras más bajas de Europa, debido a la concienciación después de la sequía de 2007, que llevó a una disminución del 21% respecto al consumo de ese momento. La Organización Mundial de la Salud establece en 100 litros por habitante y día el límite mínimo necesario.

Dentro del consumo de agua, el uso doméstico (lo que se hace dentro del hogar y el jardín) representa un 14% del consumo total. Para poner algunas cifras: las personas consumimos diariamente de 2 a 18 litros al lavarnos los dientes, de 200 a 300 litros cuando llenamos una bañera, de 30 a 80 litros cuando nos duchamos, de 60 a 90 litros cuando ponemos una lavadora, de 6 a 10 litros vaciando la cisterna del inodoro, 400 litros al regar 100 metros cuadrados de césped de un jardín o en lavar un vehículo… ¡y sólo 10 litros al día para cocinar y para beber!

Hay varias medidas que podemos llevar a cabo de manera sencilla para no desperdiciar esta agua y ser más eficientes en casa, recogidas en los informes Consejos de ahorro de agua en los hogares de la Agencia Catalana del Agua (ACA) y Guía para el ahorro del agua doméstica de la Diputación de Barcelona.

Por ejemplo, si nos fijamos en los grifos, hay varias opciones: cerrarlas mientras no usamos el agua, mientras enjabonamos platos, nos cepillamos los dientes o nos afeitamos (nos ahorraremos 10 litros por minuto), reparar las pequeñas pérdidas que, aunque no lo parezca, pueden llegar a suponer hasta 30 litros diarios. Podemos incorporar monomandos o dispositivos reductores del caudal como aireadores, que pueden reducir el consumo hasta un 50%. También podemos ahorrar mucha agua cambiando la bañera por una ducha de máximo 5 minutos. Y, mientras sale el agua todavía fría y esperamos que se caliente, podemos guardarla en un recipiente para poder utilizarla después para llenar la cisterna del inodoro, fregar el suelo o regar las plantas.

Con respecto al inodoro, no hay que utilizar este como papelera para no bloquear los sistemas de saneamiento. Y en el caso de la cisterna, si no disponemos de depósitos de doble descarga, podemos poner una o dos botellas de plástico llenas de arena dentro del depósito para ahorrar unos 3 litros de agua en cada descarga. También en el uso de electrodomésticos hay margen de mejora: tanto la lavadora como el lavavajillas deben estar llenos para utilizarlos y, siempre que sea posible, aplicaremos el programa de bajo consumo más eficiente. Si hay que cambiar el aparato, se debería tender hacia aquellos modelos que se identifiquen con la letra A, es decir, que garanticen un consumo de agua y de energía bajo. En el caso de no tener lavavajillas, una solución consistiría en llenar un poco el fregadero con agua y jabón y lavar los platos todos de golpe. Después, enjuagarlos sin abrir el grifo al máximo. En el caso de la limpieza de la casa (en la que se gastan unos 10 litros diarios) debemos pensar en aplicar la limpieza en seco siempre que podamos.

La reutilización de aguas residuales y pluviales para otros usos es otro de los elementos clave para evitar el despilfarro. Por ejemplo, se pueden instalar sistemas de canalización de aguas grises procedentes de duchas y bañeras para alimentar la cisterna del inodoro, consiguiendo un ahorro del 35 al 45% del consumo doméstico habitual y sin desperdiciar agua potable. También se pueden instalar depósitos -si se vive en una casa- para captar el agua de lluvia y utilizarla para el riego de jardines, huertos u otros espacios, o también, en el caso de tener una piscina, instalar mecanismos de filtrado para poder reutilizar el agua de los lavados para otros usos. «Si ya tenemos agua que ha sido extraída del medio natural, debemos procurar, siempre que podamos, darle una segunda vida y aplicarle, si es necesario, el tratamiento de regeneración correspondiente. Esta filosofía es la que vertebra el plan de actuación de la ACA», afirma Enrique Velasco, el jefe del Departamento de Gestión de Recursos Hídricos de este organismo de la Generalitat de Cataluña. «Todas las medidas que vayan encaminadas a almacenar agua y reducir gastos son favorables para garantizar la disponibilidad de recursos y del ecosistema», añade.

Reducir la huella hídrica

Más allá del agua directa que gastamos en los hogares, hay un agua «invisible» que también consumimos y que es la que se utiliza a lo largo de toda la cadena de producción y suministro de un bien agrícola, alimentario o industrial. Es lo que se conoce como la huella hídrica.

La huella hídrica es el agua consumida, la contaminada durante el proceso productivo y la utilitzada para producir materias primas

Esta incorpora no sólo el agua consumida y contaminada durante el proceso productivo del bien en cuestión, sino también el agua indirectamente utilizada para producir las materias primas o ingredientes del producto. «Mientras que el consumo de agua directa puede rondar de media los 150 litros por habitante y día, la huella hídrica, sólo de la alimentación diaria de una persona, estaría entre los 3.000 y los 7.000 litros», asegura Maite Aldaya, investigadora en el Instituto de Innovación y Sostenibilidad en la Cadena Agroalimentaria de la Universidad Pública de Navarra y coautora del Manual de Evaluación de Huella Hídrica.

En la página de la plataforma Water Footprint Network se puede calcular cuál es tu huella hídrica individual, la de cada país y la de diferentes cultivos, productos derivados de los cultivos, biocombustibles, productos ganaderos y productos industriales, tanto en el ámbito estatal como, en algunos casos, también local. Así, España tiene una huella hídrica per cápita de 6.700 litros al día, una de las más altas del mundo por encima de Francia (4.900), Alemania (3.900), Italia (6.300) o China (2.900) pero por debajo de los Estados Unidos (7.800) o Bolivia (9.500).

En cuanto a los alimentos, aquellos con más huella hídrica serían los cárnicos, como la ternera (15.400 litros por 1kg), el cordero (10.400) o el cerdo (6.000), mientras que frutas y verduras como la lechuga (237), el tomate (214) o el plátano (790) serían los que menos agua «invisible» esconderían. Otros productos como el cuero, que se utiliza para hacer bolsas o ropa, consume más de 17.000 litros por kg. Todas estas cifras son medias globales, ya que la huella hídrica puede variar según el sistema de producción, el clima o el suelo determinado.

Maite Aldaya conecta también la reducción de la huella hídrica con un consumo consciente y responsable que vaya más allá. «Debemos consumir sólo lo que necesitamos en todos los ámbitos para reducir nuestra huella hídrica y ambiental. Hay que ver también si, aunque nosotros seamos sostenibles hídricamente, nuestra importación o exportación de agua puede estar teniendo un impacto medioambiental o social en otros países», apunta Aldaya. Un ejemplo: si importamos soja de Brasil y Argentina para alimentar la ganadería de España, se debería ver cuál es el impacto, por ejemplo, en la contaminación de recursos hídricos de los países sudamericanos.

Para poder reducir la huella hídrica, la guía How Food, Water and Energy are Connected, de Grace Communications Foundation, propone algunas medidas sencillas: en el ámbito de la alimentación, hay que acabar con el derroche alimentario (entre un 30 y un 50 % de alimentos sanos y comestibles se convierten en residuos), reducir el consumo de carne para adaptarlo también a las recomendaciones nutricionales y apoyar la agricultura sostenible que minimice el uso de pesticidas y fertilizantes sintéticos. En el campo energético, hay que fomentar energías renovables que no utilicen casi agua y cambiar a fuentes de energías verdes. Y finalmente, la reutilización y reciclaje de productos y comprar menos cosas puede reducir drásticamente nuestro consumo indirecto de agua.

 

Nueva cultura del agua

Con el fin de preservar un recurso tan valioso y escaso como el agua, nace a finales de los 90 la «nueva cultura del agua». Se trata de un movimiento social inspirado en las movilizaciones ecologistas en contra de proyectos como el del trasvase del Ebro de los años 80 y 90 que defiende un uso del agua respetuoso con el medio ambiente, pero también denuncian que el agua no sea una mercancía y que se haga una gobernanza democrática, transparente y justa.

La Red por una Nueva Cultura del Agua (XNCA en sus siglas en catalán), que forma parte de la plataforma Aigua és Vida y de la European Water Movement, agrupa las más destacadas en Cataluña, como Ecologistas en Acción, Plataforma en Defensa de l’Ebre, Grup de Defensa del Ter o el Aula de l’Aigua.

Jordi Huguet es miembro de Aula de l’Aigua, una organización que se dedica a divulgar a través de actividades formativas la nueva cultura del agua entre la ciudadanía. Explica que las medidas contra el despilfarro de agua van también completamente ligadas a nuestro consumo: «Tenemos que pensar en que la línea de contención del crecimiento y de empezar a decrecer debe ser una constante en el consumo, incluido el del agua, y esta concienciación debe calar en todo nuestro entorno», dice Huguet. Apunta que esto no será posible si el agua se trata como una mercancía: «el control del agua está en manos de grandes corporaciones privadas que sólo buscan su beneficio y no tienen cuidado del medio ambiente ni de las personas con dificultades para acceder al agua. Hace falta un cambio de paradigma y que el gobierno del agua vuelva a manos públicas», apunta el activista.

Tanto desde las entidades de la nueva cultura del agua, como desde cada hogar todos tenemos la responsabilidad de optimizar el uso del agua, evitar su despilfarro y de preservar un recurso escaso pero fundamental para la vida.